Obsesionado con lo digital y los efectos especiales, James Cameron es una leyenda que revolucionó varias veces el cine, con Terminator, Titanic, o Avatar. La tecnología ocupa un lugar central de su obra, pero no lo es todo, asegura a AFP.

Ahora que todas las producciones pueden acceder a los efectos especiales, y que se pueden invertir cientos de millones de dólares en un blockbuster, el talento artístico es lo que marca la diferencia, considera el rey de la taquilla.

“Cualquiera puede comprar un pincel. Pero no cualquiera puede pintar una obra”, dice el cineasta, entrevistado en París con motivo del estreno de Avatar 2, el sentido del agua, a partir del 16 de diciembre en América Latina y España.

La producción de esta película, que llega trece años después de la primera entrega, necesitó enormes recursos técnicos, como varias sesiones de rodaje bajo el agua, en apnea. “Soy una especie de filtro central de todo, pero tengo varios artistas que trabajan para mi, dibujan los personajes, la arquitectura, el mundo, las plantas, el vestuario”, resume.

“Me gusta pensar que (la producción de la película) es como una gran comunidad hippie con un montón de grandes artistas”, añade. “La tecnología no crea el arte. Son los artistas los que crean el arte”.

“Mantenerme concentrado”

Una película como Avatar, que se graba sobre un fondo azul antes de añadir los decorados, texturas y accesorios por ordenador, le debe todo a la interpretación de los actores, considera Cameron, aunque tras el procesado digital apenas se les reconozca.

“El corazón, la emoción, la creatividad… todo eso viene primero”, durante el rodaje de escenas reales, la primera etapa de construcción de la película, antes incluso de que se definan los ángulos de cámara y los planos. “Sólo después empieza el trabajo técnico”, explica James Cameron.

En cuanto a la “inteligencia artificial”, utilizada para tratar las imágenes, Cameron asegura que no la utiliza para “sustituir a los actores, sino para ser aún más fieles a su interpretación”.

El hombre de los récords, con las películas más caras pero más rentables del mundo, de Titanic al primer Avatar, reconoce que carga con una inmensa responsabilidad.

“No puedo ser caprichoso, imprevisible, o impulsivo, debo mantenerme concentrado para crear algo que me guste a mi, al público y que sea suficientemente comercial para recaudar dinero. No puedo ser demasiado intelectual, pero puedo darle un toque satisfactorio añadiendo un segundo o tercer grado de comprensión, que la gente captará o no”, añade James Cameron.

Indignación por la naturaleza

Como un Cousteau moderno, fascinado por el mar y sus profundidades, hasta el punto de ser uno de los pocos seres humanos que se ha sumergido en submarino en la fosa de las Marianas, la más profunda del planeta, Cameron vuelve a insistir en Avatar: el sentido del agua en el mensaje ecológico que contribuyó al éxito de la primera entrega.

“No creo que el objetivo de una película Avatar sea decir lo que hay que hacer”, señala el director. “Creo que cualquiera que haya estudiado las cuestiones ecológicas puede decir lo que hay que hacer. Sabes que debes reducir tu huella de carbono, no votar a idiotas, comprar un automóvil eléctrico, consumir menos carne y lácteos”.

“Pero puedes influir en los sentimientos de la gente”, añade. “La película te pide que sientas algo por la naturaleza, no solo que llores al final o sientas una emoción hacia los personajes. Se trata de sentir indignación (…), de que la gente se enoje” en favor de la naturaleza.

“Esto despierta en nosotros esa conexión con la naturaleza. Aunque sea por unos minutos después de que termine la película, ves el mundo de otra manera”, concluyó.

Crédito de imagen principal via Flickr

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