Para quienes la vieron, revieron y recontravieron en cine y en video y en plataformas, resulta una sorpresa avisar que La Bella y la Bestia, auténtica obra maestra de Disney y pilar fundamental en el regreso del cine de animación a la popularidad, cumple 35 años. Fue el primer largometraje de animación nominado al Oscar a Mejor Película, ganador de tres (canción, banda sonora y sonido) e inclusión polémica a los premios de aquel año. También, una de las películas bisagras en la historia del cine: la fantasía y la comedia encontraron una forma nueva para satisfacer a un público también nuevo. Y por último, sin ningún miedo de decirlo, una obra maestra.

La verdadera historia de esta película comienza no en el cine sino en el teatro, y no en Hollywood sino en Nueva York. Tampoco en Broadway, de hecho, sino en el off. Quizás conozcan La tiendita del horror, el célebre musical paródico que tomaba una comedia negra y clase B de Roger Corman con título homónimo y narraba las desventuras del pobre empleado de una florería a merced de un patrón inescrupuloso y una planta extraterrestre que crece gracias a la sangre humana. Y, además, excelente cantante de soul y rock. La obra se estrenó en 1982, generó un éxito tremendo boca a boca y se volvió una enorme atracción teatral en Manhattan sin pasar nunca a Broadway (bueno, hasta 2003, cuando sí se montó en la meca del teatro de gran espectáculo). En 1986 —y vamos a hablar de esto en otro momento— se convirtió en la película que inauguró un nuevo tipo de comedia. Pero lo importante es que fue escrita y montada por dos jóvenes amantes del cine, del humor, de la sátira y de la música: Howard Ashman y Alan Menken. Ambos habían comenzado ya con otro proyecto parecido, la adaptación del libro de Kurt Vonnegut Jr. Dios lo bendiga, Mr. Rosewater o Echando margaritas a los cerdos.

Tras el suceso del musical…, Ashman y Menken intentaron proyectos por separado, pero ninguno funcionó demasiado bien hasta que Disney, con el éxito fresco de la versión fílmica de La tiendita…, decidió juntarlos. Estamos en 1988 y el dibujo animado tiene problemas: básicamente, las películas con esta técnica están de capa caída y la firma no logra todavía encontrar un rumbo. Disney funciona gracias a los parques y, en el campo cinematográfico, por las producciones -incluso para adultos- de su sello Buenavista. Desde 1980, sólo ha logrado hacer El caldero mágico (la película de fantasía heroica y familiar que responde a no poder haber hecho ni El Hobbit ni El Señor de los Anillos), el buen y casi olvidado Oliver y Cía. (Oliver Twist en la Manhattan de los 80, con animales y la voz de Huey Lewis), y la muy buena Policías y ratones (Sherlock Holmes convertido en roedor, ambientada en el Londres victoriano). De paso, fórmulas muy tradicionales. Al mismo tiempo, en esos años intentó fantasías no animadas que tuvieron respuesta ambigua: la épica de ciencia ficción El abismo negro; la célebre Tron, que transcurre dentro de una computadora (y tuvo secuelas, la última en 2025), y la olvidada (¿por qué Disney+ no la sube de una vez?) El verdugo de dragones, extraordinario cuento de fantasía oscura que envejeció muy bien. Pero aquella animación tradicional que hizo la gloria del estudio no encontraba su cauce. Ashman y Menken entendieron que el dibujo era el único lugar donde aún podía ser creíble, para el cine, la fantasía musical. Y así, cuando todavía reinaban los héroes de acción, hicieron una apuesta importante y escribieron La Sirenita.

Es interesante constatar que el año de La Sirenita es 1989, el mismo en el que Los Simpson iniciaron su emisión como sitcom animada independiente. Ambas cosas comprobaron que había un público que se había criado desprejuiciadamente con los dibujos animados, que los nuevos y jóvenes adultos veían animación sin prejuicio y que, por lo tanto, había un público masivo para lo que, hasta no hacía mucho, se consideraba solamente material infantil. Y cuando la apuesta de la adaptación del cuento de Andersen lo demostró a nivel masivo —al punto de volverse lo que hoy se llama un “clásico instantáneo”— Disney volvió al juego del que surgió y que dominó por décadas: la fantasía animada de largo metraje. Lo que implicaba, de paso, una gran oportunidad para revisar los archivos y ver hacia dónde dirigirse.

Pero nada de esto sería posible sin Don Hahn, el productor ejecutivo de la película. Hahn era un hombre de Disney desde hacía años y comprendió que, para lograr que un proyecto de esta magnitud funcionara en tan poco tiempo, tenía que ser el mediador entre los artistas y los ejecutivos. Wise y Trousdale (que harían luego El jorobado de Notre Dame y Atlantis, el imperio perdido, por ejemplo) eran primerizos y fue su idea la del uso de computadoras (el estudio desconfiaba absolutamente). Pero el gran problema que enfrentó fue la enfermedad de Howard Ashman, que falleció meses antes del estreno. Padecía VIH, y en tiempos de tratamientos mucho menos efectivos que hoy, su salud se deterioró demasiado en poco tiempo. Hahn decidió montar una parte del equipo de guionistas y dibujantes cerca de la casa de Ashman, en Nueva York, y coordinó la producción dividida entre las dos costas de los Estados Unidos. Gracias a esto, Ashman pudo, además, adelantar muchas de las canciones de Aladdin, partitura que Menken completaría luego con Tim Rice. Sin Hahn, la película habría sido imposible.

Y sí, aunque se haya realizado una versión “con actores” que recaudó más de 1.000 millones de dólares, esta se volvió casi instantáneamente clásica y es la referencia. Porque no solo es una comedia romántica vivaz y casi vertiginosa, no solo esconde gags extraordinarios, no solo le habla al niño como adulto y al adulto como el niño que una vez fue, no solo incluye una reflexión social y política sobre discriminación y fascismos varios sin subrayarlo ni señalar con el dedo, no solo respeta el espíritu del cuento sino que, en los planos finales, justifica el deseo de evadirnos a un castillo soleado lleno de magia. Abrir esa puerta para ir a jugar es, sin dudas, su mayor mérito.

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